cantalejo,gaceria,oficios,anarosa http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net cantalejo,gaceria,oficios,anarosa es-es Cultura cantalejo gaceria oficios the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com WINDSOR http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/windsor 2007-03-17T12:35:52+00:00 WINDSOR

Mi querida vida:
Fue toda una experiencia siendo adolescente, presenciar un musical en la sala de espectáculos del Windsor, que aún no he podido olvidar, no solo por lo mucho que me gustó, sino también por estar este edificio situado en una de las calles por donde paseo estando en la ciudad. Mi sorpresa fue que caminando por allí, sabiendo ya que se había quemado y pensando que en ningún momento podría afectarme verle... quedé impresionada. El “enorme e inmenso” bloque de trozos de hierro negro, frente a mí, hacia que me sintiera insignificante. Inmediatamente me vino a la memoria el “11 de septiembre”, el “11 de marzo”, las guerras, los terremotos, las olas gigantes... y comenzó a latirme el corazón con más fuerza, pensando en lo horroroso y terrorífico que tiene que ser, que además de ver hierros y oler a quemado, ver y oler muerte. No podía quitar la vista, cuanto más le miraba más increíble me parecía lo que contemplaba, todo tan oscuro, tan grande, tan triste... Después de un tiempo estar observándole, me fijé en aquellos largos brazos de las grúas, tan altos como el edificio y que lentamente le desmontaban...
Puede que cuando vuelva ya no esté y que parezca que nunca existió, pero pensando en mi hoy puedo decir, que tengo la suerte de vivir en una pequeña ciudad tranquila y en paz, y que aunque sea insignificante, a mi alrededor veo vida.

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/windsor#comentarios
OFICIO DE TRILLEROS http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-trilleros 2007-03-17T12:33:40+00:00 TRILLEROS
Trillos de piedra
Los días pasan,
Los recuerdos quedan,
Y como historias se cuentan.
Este relato es la vida de una familia trillera descendiente de abuelos criberos y como homenaje a esos buenos recuerdos que tiene Teodora San Atanasio, nos cuenta como pasaron los días desde su niñez. -Dicen que la vida de antes era dura, por el frío, por estar horas y horas trabajando, por no tener tantas comodidades ni tantos alimentos como ahora, pero muchos de su edad a pesar de todo lo malo que había entonces lo echan de menos, Como esas noches que dormían en el carro con la luz de las estrellas y el sonido del río. Eso ocurría a finales de agosto, se desplazaban hasta Tordoma (Burgos) y en las cascajeras del río Arlanza pasaban un mes sacando piedra, desde el amanecer hasta la caída del sol. Su hermano menor y ella recogían, en montones, cantos que valían para el trillo y se las dejaban a los mayores, que con más fuerza y con la piqueta, dieran un golpe quedando esta, con un filo cortante y valida para empedrar. Separaban tanta que incluso se la vendían a otros trilleros. Pero aun lejos del pueblo no les faltaba de nada, gracias a los carteros que en bici se ofrecían a traerles lo que necesitaran y a la vuelta se lo dejaban. Así pasaban los días, a finales de septiembre una vez hecho el trabajo se alquilaba una camioneta que llevaría la piedra hasta Cantalejo, ya que en el carro iban ellos y sus aparejos. Para pasar el invierno, hacían muchos oficios a la vez para que no faltara de comer. Su padre Alejandro era muy activo “un vividor” siempre estaba dispuesto para todo negocio que se le ofreciera. Lo primero era preparar la madera y los cabezales para la fabricación del trillo, pero en el trato de la madera, también compraba para hacer los aros de las cribas, de los ceazos y para taburetes, que con el torno daban forma y así podía vendérselas a los criberos. Otro oficio, era hacer sierras de hierro para otros trilleros, ya que los que ellos hacían eran solo de piedra. Esto no impedía para que en la taberna hablando gacería, entrara al trato de una camioneta llena de naranjas o de pescado u otro alimento y lo comprara, para después venderlo en el portal de la casa o en la plaza. Incluso piaras de cerdos negros que traían caminando desde Salamanca y vendiendo por los pueblos para la matanza. Mientras tanto, apoyadas en las fachadas de las casas, estaban las tablas de los trillos expuestas al sol, para secar. Transcurrido el tiempo necesario se agrupaban las más similares en calidad y dimensiones, se enumeraban y se rayaban señalando en hileras, por donde se tenían que escoplear. Para ello utilizaban el escoplio de aguja, ya que eran los que más hileras tenían y también de los más grandes, al que llaman “siete cuartas”. Una vez que se tenía esto organizado, a primeros de enero, empezaba la época de escoplear. Después de haber cepillado y unido las piezas como fin de la fabricación, se empedraba con piedra negra de Río, pues otros utilizaban la llamada de Pedernal que se cogía en la montaña y era blanca, o la Costera de tierra de Tejares, que era roja. Tanto al escoplear, como al empedrar, originaba en el barrio un sonido que parecía tener ritmo por chocar la madera del mazo sobre el hierro del escoplo o al clavar la piedra introduciéndose en la madrera. Para finales de Abril preparaban el carro y los trillos que habíamos fabricado tanto los empedrados como los que no lo estaban y antes del uno de Mayo, feria en Lerma (Burgos), se trasladaban a Villalmanzo, un pueblecillo a dos Km. Sus padres alquilaban en la posada una habitación con derecho a cocina y una cochera para meter todo el material que traían. Pero las mejores ventas se hacían en el mercado de los miércoles, el resto de la semana se dedicaban a repartirlos, y comerciaban con todo aquel que accediera al trato y cuando quedaba tiempo ya de nuevo en la posada, empedraban encargos que les pedían. Esto lo hacían el padre y los hermanos mayores, ella y su hermano pequeño después del colegio, bajaban a las cascajeras del río en bicicleta y hacían piedra, hasta tres kilos que traía cada uno. Su madre se quedaba en la posada, preparaba la comida, cosía, lavaba la ropa, e iba una vez por semana hacer pan. Estos días no los olvida pues aun con sesenta y ocho años que tiene, sigue juntándose una vez en verano, con las amigas del colegio para pasar todo el día juntas comiendo y merendando. Pero la emoción y los nervios que sentía cuando llegaba agosto y volvía a la fiesta de su pueblo, es una sensación que no he vuelto a sentir. Las carreteras parecían romerías, pues todos volvían alegres de “hacer el verano”. Así pararon los años hasta después de casada y con dos de sus tres hijas, las cuales se sentaban a su lado cuando empedraba y la pedían que con el sonido del martillo se cantara una canción. Mas contando todo esto, la vienen a la memoria tantas anécdotas como para escribir una nueva historia. Y triste me comenta, que ya no se ven labradores trillando, ni trilleros que viajen en sus carros, pero si se le ve al trillo aunque este decorando.

ANA ROSA ZAMARRO

Por Navidad

Un brejé se ha botado,
pero no estoy llorando,
es la choriza de la huerta
la que me está quillando.
Sí....las doce bayortas
de los meses del brejé,
misiremos en el último
momento de este mes.
Entre leyendas y recuerdos
quillaremos la follosa,
más con una sierte filosa
piaremos bayorte de la correosa
Los del vilorio de al lado,
que no falan gacería,
que aterven a los del vilorio sierte,
como minchan y como pían,
sin estar curdos de siertería.
Pues los sinífaros estan atervando
a motardines y motardinas,
que por el atrevido soplen
y con el rodoso por la polvorosa
no se boten.
Al Belén sierte del merche
en la jaima atervaremos,
y con su bendición
villancicos garlearemos.
No olvidemos a los siertes reyes
que atrevidos nos botaran,
sean siertes sean gazos
en la cabalgata llegarán.
Más en la pautra
todos lontaremos y reiremos
atervando al sievo
con sus antiparras,
falar enfadado
al guipar a los pitoches,
como le quillan
del cascoso los mordiosos.
Y si estas en otro vilache lejos,
y oyes la palabra briquero,
el corazón latirá
y entonces te dirá:
ven a tu pautra por Navidad.

ANA ROSA ZAMARRO

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-trilleros#comentarios
OFICIO DE TRATANTE http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-tratante 2007-03-17T12:30:36+00:00 TRATANTE DE GANADO
TOMAS ZAMARRO
Mi vida de tratante surgió por las continuas andanzas por ferias y mercados desde los once años en que mi padre me saco del colegio para dedicarme al trato de los trillos en verano y al de tratante de ganado en invierno. Los abuelos de mis padres ya se dedicaban a la compra – venta y yo he sido el último de mis antepasados que he visto como el trillo desaparecía y con ellos muchos de los animales que necesitaban los agricultores, molineros entre otros, para desempeñar sus distintos oficios. Llegaba a la historia “La Maquinaria agrícola" y con ella el cambio.
Los trillos en pocos años dejamos de fabricarlos por la escasa demanda que había y nos encontramos con muchos propietarios que querían deshacerse de los animales de tiro, por lo que nos dedicamos en pleno, al trato de ganado mular.
Al comienzo de esta aventura marchaba por los pueblos con otro socio, siendo nuestro primer medio de transporte la bici. Entrábamos en las tabernas o esperábamos a que el ganadero o agricultor terminara la faena del campo para ir a visitarlo. Si salía bien, volvíamos con el animal atado con una cuerda, dejándole en nuestra cuadra o en una de las que teníamos en alquiler.
Pero de donde si traía buen ganado mular para la venta, era de los mercados de Andalucía y Extremadura, lugares donde se recriaban, pero que después no disponían de medios para poderles mantener. Una vez allí para comprar, tenía que saber ciertas características, defectos y anomalías de este tipo de ganado en concreto, puesto que todo influía mucho, a la hora de hablar del precio en el trato. Para ello, con solo fijarme en el aspecto general del animal (por la forma de la cabeza, de las orejas, por la altura...) distinguía si se trataba de un mulo, burro, caballo, potro, buche, yegua o macho. Asimismo y a “ojo” sabía la edad, pero me aseguraba, abriéndoles la boca y mirando detenidamente la dentadura, de forma, que según el orden de salida de los dientes de leche, eran: los de 8 meses los lechales, los quincenos de 10 a 15 meses y treintenos de 30 meses, y teniendo 3 años, cambiaban los paletos, a los 4 años los dos siguientes y a los 5 años los otros dos. Una vez terminado este proceso se confirmaba que tenían “cerrada la dentadura”, entonces había que fijarse en las “neguillas” (manchas en los dientes inferiores) puesto que si se empezaban a gastar, andaban por los 7 años, medio gastadas de 10 a 12 años y gastadas de 16 a 18 años por lo que podía asegurar, que estos eran viejos para trabajar. Seguidamente les “registraba”, tocándoles y observándoles todas las articulaciones, de esta forma apreciaba, si tenían vejigas, bultos, lupias o úlceras, si eran belfos, picones, trafollos, desnucados, lunancos, espundias, esparavanes, cojos, sobremanos, asmáticos, sobrepiés... Era también muy importante saber si estaban bien castrados y si tenían buena vista, de este modo, afirmaba si eran dóciles o falsos, pues estos, no se dejaban ni montar ni enganchar.
De igual manera por el color del pelo, les daba el nombre de tejones, tordos, paticalzados, pardos, bayos, mohínos, luceros, alazanes, bragados, estellados... y por último y para cerciorarme de todo lo que el rocín presentaba, le hacía andar y trotar.
No puedo olvidar el lenguaje de las orejas, si las tenían hacia delante, me querían decir, que estaba prestando atención, de mal humor y era mejor no acercarse a su parte trasera, pues podría darme una buena coz, si las tenía vueltas hacía detrás, me indicaba que estaba indiferente, pero si estaba aburrido, declinaría las orejas.
Bien, una vez que disponíamos de nuestro actual y reciente ganado, mi socio y yo caminábamos en aquellos tiempos, hasta la estación de tren más cercana. Les echábamos zotal en la crin y en la cola, para que no se mordieran y les metíamos en vagones. Nosotros volvíamos en autobús hasta Yanguas de Eresma (Segovia) donde los recogíamos y los enganchábamos, de forma, que uno solo pudiera traer hasta 10 animales en “reatas” (cinco animales unidos con una cuerda y en la cola del último se le enlazaba la otra reala) si no lo hacíamos de esta manera podían denunciarnos. Y paso a paso, sin descanso, atravesando pinares y caminos, de manera que el trayecto fuera el más corto, tardaríamos, aun así, todo un día en llegar a Cantalejo.
Una vez de regreso al pueblo, les metía en las cuadras con el fin de engordarles, para ello les echaba 3 veces de comer, que consistía, en cebada, paja, avena, habas, y garbanzos secos a los más jóvenes y a los más viejos, salvaos y cebada triturada. Y así para la feria, que a pesar del frío, del viento y de la lluvia todos los años se celebraba, estarían todos los animales, listos para la venta.
La organización, la agitación y la emoción, comenzaban de 4 a 6 días antes de la fiesta. Los días que duraba la feria eran vividos muy intensamente, tanto para los tratantes, como para todos los del pueblo, que acogían a todo negociante que se presentara, alquilándoles habitaciones con cama y cuadras para el ganado. En la Parroquia se celebraban misas y procesiones y por la noche, siendo lo mejor de la jornada “el baile”, al que yo acudía unas veces más contento que otras, según las ventas que hubiese efectuado. Tampoco podía trasnochar, puesto que al día siguiente, tenía que estar despejado y trabajar duro. A primera hora y uno a uno, cepillaba al ganado, seguidamente les ponía la manta para que no se enfriaran y se les asentara el pelo, después les colocaba la cabezada o la martiaguilla, y una vez atados en reatas, salía sobre las 12 del medio día, bien almorzado, a los puestos que días antes había reservado hablando con otros tratantes.
Ya en la feria comenzaba el auténtico negocio del buen tratante, que psicológicamente tenia que tener bien estudiado, tanto el sugerir, como el saber comerciar cada animal. Por ello, cuando vendía intentaba de alguna manera, con habilidad, y con la ayuda del socio y familiares, cubrir todos aquellos defectos que el animal tuviese, para que pasaran desapercibidos y a la hora de negociar, sacar buen precio por él. Sobre todo, cuando querían apropiarse de un mulo romo o burreño andaluz, que entre 3 y 4 años, era el principal animal que se comercializaba en esta zona arenosa, por su nobleza, constitución y fuerza. Para ello era preciso emplear y entender, tanto la gacería, como el castellano, como el caló de los gitanos y de esta forma entre socios saber como y de que manera se podía manipular un acuerdo.
Y como fin, el trato concluía con un apretón de manos, le hacían al pelo del animal, una marca (característica de cada uno) con unas tijeras y pagaban o daban una señal en dinero. Para terminar, nos acercábamos a la caseta que se ponía al veterinario o al jefe del puesto de la Guardia Civil para que uno de ellos firmara la “Guía” (documento que acreditaba la propiedad del ganado). Si todo estaba bien y todos estábamos contentos se tomaba la “Robla” (un chato de vino o aguardiente y una pasta) en uno de los muchos pequeños puestos, que había por toda la feria. Y ya al anochecer, recogía al ganado y le llevaba de nuevo a las cuadras.
Pero para muchos de los animales, su destino principal era el de la carne. Esas reses las llevábamos hasta Valladolid, al barrio, de las Delicias donde había una carnicería de equino que nos hacia pedidos (5 machos, 3 burros, 1 muleto, 2 buches...) Y de nuevo caminando sin tener ni un momento para comer, tan solo realizando una parada que serviría para poder dormir, llegaba hasta San Miguel del Arroyo. Una vez descansado, y de madrugada volvía a ponerme en camino, intentando estar antes de las 8 de la mañana, en el matadero. Para evitar el frío y enfermedades a esas horas, me ponía papeles en el pecho entre la camiseta y la camisa.
También recriaba en las 2 “Paradas” que había en el pueblo, donde estaban los sementales. Para ello emparejaba a la burra y al caballo para obtener el muleto que después sería el macho o mulo burreño; del burro o asno y de la yegua, saldría el macho o mulo yeguato. Al macho o mulo se le castraba y a la hembra que era la mula, no la apreciaba pues además de ser estéril, era falsa y mala. El buche era la cría de la burra y el burro y del caballo y la yegua, el potro.
Otro cometido en ocasiones, era domarle, le ponía unas alforjas grandes llenas de arena y le hacia caminar en circulo hasta que presentía que podía subirme a el. Como también había que llevarle al herrero, para ajustar y clavar la herradura.
No obstante, de las 2 ferias que había en Cantalejo, la de Santa Teresa y la de las Candelas, se puede contar más curiosidades, puesto que además de muestro ganado mular se exponían a la venta, cerdos, vacas, ovejas... e interesantes anécdotas sobre las muchas aventuras y desventuras que tenía al desplazarme a otras ferias, ya que después de estas y con mucha fama, estaba la del Ángel en Fuentepelayo y la de San Andrés en Turegano. Pero luego cada uno, recorría aquellas que más podían interesarle, como la de Aranda de Duero, Cuellar, Ayllón, Riaza... Incluso alguno subíamos hasta Lerma, San Esteban de Gormaz, Arrabal del Portillo, Iscar...
La vida de tratante era muy viajera, se pasaban muchas horas y días fuera de casa. A veces cuando veo alguna argolla de hierro, donde atábamos al ganado, incrustada en las fachadas de las casas, de pueblos castellanos, me recuerdan estos tiempos que fueron difíciles.

ANA ROSA ZAMARRO

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-tratante#comentarios
OFICIO DE FORJADOR http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-forjador 2007-03-17T12:28:05+00:00 Al calor de la fragua

Gumersindo Gómez Lobo.

Hay días que de pronto te acude la nostalgia sin saber por que... nostalgia a destiempo y sin motivo... hoy el rumbo de la nostalgia me lleva a mi infancia y aprovecho esta ocasión, para escribir recuerdos de un oficio que en un tiempo pasado, tienen momentos y fechas que anhelo.
Entre los años 1870 y 1900 mi abuelo paterno Juan Gómez, casado con Isabel Vírseda, fue un famoso forjador y destacó por su fuelle de cadena. Su trabajo era requerido tanto en el pueblo, como en otros de la provincia, entre ellos Zarzuela, Lastras, Sauquillo, Navalilla, San Miguel, Fuenterrebollo, Turegano, Aguilafuente, etc...
En la misma época mi abuelo materno, Eugenio Lobo y su mujer Juana Matey, también llevan una vida semejante viviendo de este mismo oficio. Hasta que en 1940 muere y es su yerno, Gumersindo Gómez Vírseda casado con Daría Lobo Matey los que mantuvieron la tradición familiar, dedicando su vida profesional a la fragua y comenzando la actividad en el antiguo taller de Eugenio, manejando aquellos utensilios que él sabiamente utilizó.
Fue entonces cuando mi padre sin saberlo se convirtió en maestro, mi maestro, porque yo observándole día a día, aprendí este arte de modelar metal, y con tan solo 11 años estando solo en la fragua atendí a un cliente, que depositando su confianza en mí, dejo que realizara mi primer trabajo. Cuando lo di por acabado, mi padre se presentó, en aquel momento vi en sus ojos una mirada de orgullo, un sentimiento de ternura, que sin obtener palabra alguna, comprendí que mi destino sería el de forjador.
Con los años descubrí que el frío tacto del hierro en la mano, que el calor de la fragua en la cara y el sonido a golpe de martillo en el yunque, era mi pasión.
El oficio consistía en poner sobre el fogón de la fragua el carbón de brezo que nos traían de Ríofrío o el carbón de piedra que era transportado desde las minas de León. Una vez que se prendía para avivar la llama del fuego, se establecía una corriente horizontal de aire a presión entre las aberturas, por medio de un fuelle de grandes dimensiones que se accionaba con el pie o con la mano. Sobre el carbón ardiente se calentaba el hierro hasta el punto de ponerlo al “rojo vivo” a continuación se le pasaba a la calda, que sujeto con unas tenazas, se le golpeaba fuertemente con un gran martillo, moviendo y volteando el metal, para darle la forma deseada aprovechando el perfil que tiene el yunque, puesto que es un prisma de hierro acerado con punta a uno o a ambos lados, encajado sobre un tocón de madera que hace de base. Para terminar el proceso se le enfriaba en un cubo de chapa lleno de agua o en aceite si la herramienta era de corte, como el hacha.
La manera de soldar dos trozos de hierro era utilizando arena, una arena blanca que nos proporcionaba el pinar de Cantalejo, ya que ésta era tan especialmente fina que una vez incandescente el hierro, se le añadía en su justa proporción y tan solo a golpe de martillo se unían ambas piezas, quedando la soldadura con más cuerpo y resistencia. A esta arena se la daba otras muchas utilidades, una curiosa era que las mujeres la utilizaban para abrillantar aquellos pucheros y sartenes que se ennegrecían en los morillos de las oscuras lumbres de leña.
Dichos morillos se forjaban con el hierro traído de Aranda o de Segovia en diversas formas y con distintas medidas y grosores. Para adecuar su forma a nuestro trabajo se utilizaban varias herramientas como el cincel o la tajadera para cortar y el torno para retorcer o dar formas acaracoladas.
Eran bastantes y variadas las piezas de trabajo que pasaban por las manos del forjador, puesto que eran muchos los oficios que dependían de él y muchas las herramientas que había que reparar por el uso que se les daba.
Para el resinero era muy importante tener sus azuelas listas para el derroñe, el cribero necesitaba distintos tamaños de sacabocados, el trillero requería clavos, ganchos, barras y flejes entre otras. Los útiles de labranza para el labrador tenían que estar preparados para la temporada de verano, el bieldo, el yugo, la vertedera, el rastrillo, los gavilanes, la hoz, la guadaña, las revolvederas y sobre todo y lo más entretenido y trabajoso de hacer era “echar puntas a las rejas” (cuchillas) del arado romano.
Además de todo esto se hacían lámparas, cabeceros, percheros, llaves, cerraduras, bisagras, espejos, ruedas de carros... formando todo ello un muestrario variado de trabajo, añadiendo a los mismos, detalles individuales y personalizados.
Hay que destacar que como en casi todos los oficios, el momento del almuerzo era de los más agradables. Sobre las diez de la mañana como rutina se acercaban varios amigos o clientes y entre risas y bromas nos almorzábamos un trozo de pan con chorizo y tocino, más un trago de vino de la bota, que nos proporcionaba la alegría para pasar el día.
También he de mencionar los momentos más desagradables, en los que las palabras malsonantes hacían su aparición, ya que de vez en cuando, solía meter algún dedo entre el martillo y el yunque. O aquel ascua calentito que no esquivaba y me hacia bailar.
Y así transcurría la vida y como en tantos casos, las necesidades de la misma, me forzaron a nuevas técnicas y maquinarias, con cambios que sucedieron gradual y progresivamente según la demanda y en pocos años me vi haciendo estructuras para naves y restauraciones de iglesias. Pasé de forjador y herrero a hacer trabajos más industrializados, aprendiendo día a día, más y más cosas sobre este metal y después de mucho luchar, cuando uno más domina, conoce y entiende... lo tiene que dejar por la edad.

Hoy me doy cuenta, que una nueva historia se estaba forjando y no era... al calor de la fragua.

ANA ROSA ZAMARRO

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-forjador#comentarios
OFICIO TALLER DE BICICLETAS http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-taller-bicicletas 2007-03-17T12:25:19+00:00 Comenzó siendo un taller de bicicletas...

Máximo Fresneda

“Cantalejo ya no es pueblo es una bella ciudad”
Como Cantalejano me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado el pueblo en estos últimos 50 años. Sus tradiciones, sus costumbres, sus oficios, sus calles, sus casas...
Muchos recordamos aquellos años con cierta melancolía y añoranza por el hecho de que entonces se compartía todo, la alegría, el dolor, el trabajo, la comida, la casa, la calle, el día, la noche, el verano... aunque los inviernos eran duros y la economía intentaba sobrevivir después de una guerra.
Hay momentos en la vida que te recuerdan el pasado, momentos que te detienen, que te hacen pensar, que te obligan a decir “parece que fue ayer”... hoy lo digo yo al recordar momentos de mi infancia que fueron risueños y divertidos.
Crecí con un padre al que le apasionaba y le fascinaba la popular y clásica bicicleta. Su ilusión era que toda la ciudad y sus alrededores aprendieran a montar y manejar el primer vehículo de dos ruedas del que tanto se empezaba hablar.
Y así fue, los viernes y los domingos eran los días que más trabajo tenía puesto que vendía, reparaba y alquilaba más de 200 bicicletas de distintas marcas, BH, Orbea, GAC, Ráfaga entre otras y de diferentes modelos. Las traíamos en tren o en camión desde Madrid, Valladolid, Burgos, Bilbao, Zaragoza y León, principalmente.
Las más sencillas las alquilaba para aprender, a razón de una peseta la hora. No tenían ni frenos ni guardabarros, de esta forma se evitaba que al caer se clavaran en alguna parte del cuerpo. Claro está que para los chicos esto era un problema pues tenían que frenar con los pies y las zapatillas terminaban con agujeros, o bien frenaban contra la pared y se llenaban de magulladuras en las rodillas, espinillas, moratones en los codos, chichones en la cabeza o también podían frenar cayendo a la cacera en la que siempre había barro. En fin, fuese como fuese, de la bofetada de su madre no se libraba nadie. Aunque lo que más dolía aparte del orgullo eran las partes bajas e intimas de cada uno puesto que el sillín no era de lo más blandito.
El caso es que incluso ahora son de fácil manejo ya que constan de dos ruedas de goma alineadas y fijas a un cuadro con sillín. Se dirigen mediante un sencillo manillar y son impulsadas por dos pedales movidos por los pies. Pero la cosa se complica y mucho cuando uno quiere mantener el equilibrio.
Finalmente lo consigues y como dice el refrán “una vez que aprendes nunca se olvida”
Yo con tan solo dos años disponía de mi propia bicicleta hecha a medida y con tres adquirí tal agilidad en su manejo que un día me confié y bajando una cuesta a mucha velocidad me encontré con un macho enganchado a su carro. Al ver que me acercaba tan rápido se espantó, levantó sus patas delanteras y del susto caí al suelo dando vueltas y sin saber como, ni de que manera, una rueda de la bici me paso por encima de mi cabeza dejándome sin pelo, calvo de oreja a oreja. Pero eso sí, me levanté sin una lágrima, con la cabeza bien alta recogí mi bici, echa un churro, y me fui a casa.
En cuanto a la reparación de la bici era complicada porque la mayoría de ellas terminaban rotas, retorcidas, rayadas, descentradas, pinchadas, sin radios etc. Se necesitaba mucho tiempo, mucha paciencia y toda la herramienta de que se disponía. Una vez que estaban en el taller se las soldaba la barra, se las alineaban las ruedas, se buscaban los pinchazos metiendo la cámara en un caldero con agua, que era la forma de poder ver el pequeño agujerillo por donde salía el aire. Acto seguido se secaba esa zona, se lijaba y se pegaba el parche para volver a colocar la cámara en la rueda. Una vez hecho esto se inflaba, se alineaba, se centraba y se ajustaban los frenos. Por último, con arte e imaginación se pintaba a mano con colores llamativos, añadiendo en ocasiones las iniciales de la casa o del comprador, quedando como nuevas.
Y como nuevas se vendían todas, tanto estas como las que aun estaban empaquetadas o en la exposición, la diferencia lo marcaba el precio.
La demanda era grande especialmente de ciclistas, ganaderos, agricultores, pastores, criberos, trilleros, fruteros, pescaderos, afiladores etc.
Para unos era un artículo de lujo o un capricho y nos pedían que las decoráramos con adornos niquelados ya que así brillaban más. Para otros aparte de ser un vehículo de desplazamiento las utilizaban como ayuda en sus diferentes oficios, a estas, las acoplábamos accesorios como cestas y remolques, que de esta forma, les facilitaba el transporte de sus distintas mercancías.
No menos importante era la forma de cobrar tanto el alquiler como la compra de las bicicletas, evidentemente no era fácil...
Veréis, un día mi padre me mando ir a cobrar por los pueblos, él me ofreció dinero para comer pero lo rechacé pues pensé que con lo que cobrara podría hacerlo. Cogí mi bicicleta más una bota de agua y me puse en camino. En los primeros pueblos por los que pasé nadie me pagó, aun así seguí probando suerte una y otra vez. Pero llegó un momento en el que no podía más, de mal humor llegué hasta Rebollo donde al entrar en una casa vi que tenían un cocido encima de la mesa que me pareció el mejor del mundo, el señor muy educado me ofreció sentarme a comer, pero por orgullo y vergüenza le dije que no a la vez que le pedí el dinero que me debía, a lo que este se negó poniendo una excusa. Salí de la casa sin mirar y sin respirar para no apreciar el olor a garbanzos. Subí en mi bici y empece a dar pedales con rabia sin saber donde me dirigía hasta que las tripas me sonaron con tanta fuerza que paré frente a un berzal arranque una, la quite las primeras hojas y me la comí ¡cruda!, increíble pero cierto, nunca me había visto con tanta hambre. Creo que la culpa la tuvo el cocido.
Tras el descanso decidí terminar el recorrido que me había marcado al inicio del día. La tarde se me hizo eterna. Llegando a Cabezuela, como estaría de agotado, que dejé de sentir las piernas y tuve que entrar al pueblo caminando. En esto que vi a Paquito y pensé “estoy salvado” en ese momento el dinero era mi aliado y rápido le propuse un trato: si me llevas a casa te perdono los 5 duros que me debes. Y así fue, nos subimos los dos en mi bicicleta y me trajo hasta casa, donde comí y bebí hasta quedarme dormido.
Sin embargo no dejé de tener aventuras y anécdotas pues en cuanto tenía ocasión estaba subido en la bici. Hacía apuestas con los amigos para ver quien llegaba antes a cualquier meta. En una ocasión, mi cuñado Tomas que sabía que yo tomaba terrones de azúcar y chocolate para fortalecer los músculos se comió tantos que en mitad de carrera tuvimos que cogerle por los pies y meterle, de cabeza, en un pozo a beber agua.
Al final terminé tomándome en serio el montar en bicicleta por lo que solía levantarme a entrenar sobre las siete de la mañana, pero en más de una ocasión me sorprendía el hecho de pasar por la plaza de un pueblo oyendo solo cuatro campanadas. Obviamente me daba cuenta de que NO SE PUEDE ESTAR DE FIESTA Y TRASNOCHAR, esto puede producir una pequeña lesión de despiste.
Pese a ello, y dejando el enfado a un lado recorría muchos kilómetros para estar físicamente preparado y poder así correr en carreras importantes. Entre ellas las patrocinadas por el “Frene de Juventudes, Educación y Descanso” donde competía con famosos ciclistas de aquellos tiempos como Lucho Herrera, Bahamontes, Bernard Hinaut, Gimondi, Raymon, Parra, Ocaña etc. A este último en una ocasión le compré la bici como recuerdo.
Pero donde realmente lo pasaba bien era en las carreras de sacos, burros y bicicletas que organizaba el ayuntamiento en la Fiesta de las Candelas. Un año fuimos nosotros quien patrocinamos la carrera “Ciclopedreste” por las calles de Cantalejo que antiguamente estaban empedradas, sin asfaltar. La salida era desde la plaza...

...siguió siendo taller de reparación de bicis, motos y...

Máximo Fresneda

... subíamos por la calle del Frontón, bajábamos por el Pozo la Carrera, seguíamos por la carretera en dirección a la Plazuela, pedaleando fuerte en este tramo para subir por la calle del Viento, o bien, subir por las escaleras de la iglesia y bajar por el Pilón para después ascender por la cuesta de la calle Obispo hasta llegar al centro de la plaza Mayor donde se hallaba la única farola del pueblo que hacía las veces de meta. En el centro y a lo largo de las calles existía un reguero que realizaba las funciones de desagüe para todas las viviendas. El agua que se acumulaba más la lluvia que caía, formaban auténticos barrutales a los que había que esquivar y rodear, complicando y dificultando la carrera. Acabábamos como esculturas de barro a las que no se las distinguen ni la silueta, ni la vestimenta, ni el pelo, ni los rasgos de la cara, tan solo se veían dos grandes ojos que al abrirlos daban miedo. Al final todos los participantes terminábamos riendo del aspecto que mostrábamos y de las hazañas y caídas que cada uno había tenido en los distintos tramos.

Y entre carreras y aventuras llegó la moto al taller. Las primeras que recibimos fueron extranjeras, así como la Zundar, la Harley-Davinson, la Indian y otras que tenían el cambio de marchas en el depósito y había que accionarlo con la mano.

Mas tarde, empezaron a aparecer motos españolas llegando a haber hasta ochenta marcas diferentes, entre otras: la Lube, Montesa, Iresa, Vespa, Bultaco y la Guzzi Hispania que era la que más trabajábamos y vendíamos.

Las motos también fueron una parte importante de mi vida. Yo, aun siendo muy joven quería aprender a conducirlas y después de insistir, e insistir mucho, convencí a mi padre para que me llevara a la carretera de Sebúlcor donde practiqué probando una Royal Enfiel negra de 5 c.v.

Era un acontecimiento lleno de sensaciones motivadas por la velocidad y el hecho de no dar pedales, pero a su vez un fastidioso vehículo ya que si escaseaba el “carburante en los bolsillos” disminuían las posibilidades de llenar el depósito de gasolina, además si se averiaba la tenías que empujar, haciéndose notar su peso, hasta el taller más cercano.

Mis hermanos y yo llegamos a dominar el manejo de las motos hasta el punto de poder participar y ganar carreras como la ‘Jincana’, organizada por el Ayuntamiento y que consistía en varias pruebas donde demostrabas tu habilidad con la moto, haciendo un recorrido en el que no podías poner los pies en el suelo. El premio eran 150 pesetas las cuales eran motivo suficiente para una autentica lucha por conseguirlas ya que ayudaban a pasar una buena noche con tus amigos merendando entre unas cuantas cervezas.

Tanto la reparación como la obtención de las piezas de repuesto y la venta eran fáciles de realizar y conseguir. Yo me recreaba buscando la avería empleando muchas horas, pero poco a poco como haciendo un puzzle, volvía a encajar cada pieza en su sitio para terminar oyendo de nuevo el sonido del arranque.

Recuerdo en una ocasión, que como las motos apenas tenían suspensión y las carreteras estaban sin asfaltar, perdimos a un pasajero sin darnos cuenta. Veníamos tres amigos de Segovia en mi moto y en un rebote subiendo la cuesta de Pinillos salió el último despedido. Con el ruido de la moto no nos dimos cuenta hasta Villovela desde donde nos toco volver a por él. Además como la moto no corría mucho por el peso de los tres, el motor se calentaba con frecuencia, así que con paciencia parábamos y esperábamos hasta casi una hora. Al principio para que la cuestión fuera más rápida llevábamos una botella de agua y la echábamos por encima, pero el agua se acabo y tuvimos que recurrir al desahogo de necesidades fisiológicas para enfriarlo.

Pero los que sí que nos enfriábamos éramos nosotros y para evitarlo nos protegíamos colocándonos cartones o periódicos entre la camisa y el pecho.

En aquellos tiempos la moto era una gran compañera de viajes, en ella nos desplazábamos de pueblo en pueblo y de provincia en provincia. Los motivos eran muchos, así podía ser por necesidad, trabajo o en ocasiones por diversión como a bodas, fiestas, encierros diurnos y nocturnos.

En alguna ocasión, el médico, cuando tenia que hacer una visita de noche fuera de Cantalejo, nos llamaba para llevarle y así no corría el riesgo de quedarse averiado.

Pocas veces he caído yo enfermo, pero si tuve dos caídas graves, una producida por el manillar de la bici, el cual, se me clavó en el pecho, provocándome un derrame pleurítico, teniendo que estar en cama, sin moverme, durante tres meses. La otra caída fue con la moto, estuve varios días sin sentido“en coma”, pero progresivamente después de una temporada en reposo, logre recuperarme. Esto me hizo poner los pies en tierra... además, las circunstancias de la vida y de la edad me hicieron adaptarme a los nuevos tiempos, puesto que en un corto periodo apareció el automóvil. Desde entonces tanto las bicicletas como las motos como los coches me apasionan y han sido mi afición.

No hace mucho leí ‘la vida es como ir en bicicleta: solo nos caemos si dejamos de pedalear’

Por ello mi oficio… terminó siendo “Taller de reparación mecánica de bicis, motos y coches”.

Ana Rosa Zamarro

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-taller-bicicletas#comentarios
OFICIO DE CRIBERO http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-cribero 2007-03-17T12:21:49+00:00 Juan Poza y Faustina Martín

PALABRAS DE UN CRIBERO

Palabras que descubren huellas grabadas en el pasado, marcando un camino que será nuestro destino...
Palabras que cuentan relatos tejidos de sensaciones y realidades, descubriendo que cada uno de ellos nos proporciona sentimientos... Sentimientos que de este modo se quieren transmitir.
Juan Poza es uno de los últimos criberos de nuestra ciudad, que nos cuenta junto a su mujer Faustina, con mucha dulzura y en pocas palabras, lo que fue todo un oficio, en aquellos tiempos en los que la jornada, habiendo trabajo, no tenía horario.
Juan aprendió esta profesión viendo trabajar a su abuelo junto a su padre convirtiéndose día a día en un joven y apuesto cribero capaz de realizar las difíciles y a veces complicadas facetas que este trabajo conlleva, entre ellas la compra de “cortas de chopos” ya que una vez adjudicadas se procedía a su corte y derribo, no siendo menos importante la posterior faena de desramar, necesitando para todo ello la ayuda de sus familiares. Había veces que la situación de estas arboledas era de complicado y difícil acceso por lo que tenían que buscar la forma de facilitar la bajada de dichos troncos, intentando de alguna manera conseguir animales de carga o bien localizar un río cercano a dicho lugar, que aunque era arriesgado y aventurado lograban adelantar tiempo.
Arrojaban los troncos al agua y subidos, con largas varas terminadas en ganchos, intentaban aprovechar la corriente para que esta, les arrastrara siguiendo el cauce, hasta una pequeña presa construida por ellos donde había poca profundidad. Una vez allí se cargarían en el carro, para después transportarlos y descargarlos en la famosa “Cooperativa Unión Trillera de Cantalejo”.
En esta, con sus grandes sierras y potentes motores eran aserrados, dejándoselos con las distintas medidas que Juan solicitaba para después poder fabricar las piezas características de un cribero.
Si elaboraba la criba necesitaba tiras de 2m de largo x 8cm de ancho x 1cm de grueso y con ayuda del torno, al estar la madera aun verde, le podía dar forma de circulo uniendo así los dos extremos con pequeñas puntas. Una vez creado el primer aro, le embutía y encajaba otras diez tiras torneadas formando una “rueda de aros”, y de esta manera, a las muchas ruedas que dejaba elaboradas, podría extraer una tira y cortarla a la medida del utensilio deseado por el cliente.
Parecida a la criba era el harnero, se diferenciaba por su menor tamaño y porque en la criba el grano cae al suelo traspasando los agujeros, mientras que el harnero, siendo estos mas finos, deja pasar la suciedad, como arena, pequeñas piedras, pajas o semillas, quedando el grano dentro de él.
Similar a este era el pandero, pero la piel la tenia sin picar por lo que se utilizaba generalmente, para medir y echar de comer al ganado.
Distinto era el ceazo, ya que su aro de madera era más corto, más ancho y más grueso. Como tampoco era de piel sino de fina tela metálica y servia para separar la harina del salvado, siendo muy solicitado por aquellas familias que hacían pan.
A la misma vez que organizaba y preparaba la madera, buscaba la forma de obtener la piel, para ello, estaba al tanto de todos aquellos animales (asnos, burros, machos...) que por enfermos, viejos o accidentados se vendían a bajo precio.
Les sacrificaba en el campo, lejos del pueblo, siempre acompañado de algún amigo o familiar, aunque esto no evitaba, que ese momento fuese doloroso, desagradable e incluso a veces temeroso, pues en ocasiones tenían que sacar la tralla al verse acorralados por buitres hambrientos, que al olor de la carne bajaban hasta el suelo, convirtiendo el encuentro en una lucha “cuerpo a cuerpo” ya que por su gran tamaño, sus fuertes picos y sus largas alas desplegadas, sintieran auténtico miedo de ser atacados.
Obtenida la piel, la metía en un saco para llevarla a lavar y una vez limpia la extendía durante un día al calor del sol, la espolvoreaba mucha ceniza y sal para evitar que salieran gusanos y la dañaran quedando además, resistente y rígida.
Una vez seca y en el taller, recortaba un trozo con unos centímetros más que la medida del aro, si el pelo era largo le tenia que esquilar y cepillar, acto seguido la metía en agua para hacerla flexible y de esta manera podía tensarla y clavarla alrededor de la madera, utilizando para ello pequeñas puntas.
Llegado a este punto se podía observar como iba a ser la futura criba, solo faltaba picar los agujeros y para ello había que escoger uno de entre los 50 clavos o sacabocados de hierro, todos ellos distintos en forma y tamaño dependiendo de lo que se iba a cribar, pudiendo ser garbanzos, lentejas, avena, trigo, cebada, centeno...
Estos clavos eran huecos por dentro, su extremo inferior era un filo cortante y el superior, una especie de boca abierta por donde salían los pequeños trozos de piel y a su vez plana para poder ser golpearla con la maceta (martillo de madera) que al igual que la toza (lugar donde se apoyaba la criba) era de álamo negro.
Una vez seleccionado el clavo se completaba la fabricación con el “picado” que para Juan esta era la parte más agradable y gratificante de este oficio, porque por fin se completaba en poco más de una hora, un trabajo que le había llevado muchos meses de dedicación y organización.
Faustina, cuenta que a veces le observaba sentado en su taburete, con la criba apoyada en la toza, dando con la maceta firmes golpes al clavo con agilidad y seguridad, por lo que intuía que él estaba tranquilo, sereno, concentrado y disfrutando de esos complicados dibujos geométricos que plasmaba, siendo tan lindos, perfectos y variados que terminaban siendo verdaderas obras de arte, a las que no las faltaba las iniciales del comprador como firma del trabajo.
Pero al igual que hacían las nuevas restauraban con recortes de piel aquellas que se rompían por el uso. Las cosían con una aguja larga, cuyo orificio era en forma triangular por el que metían una fina cinta que obtenían de la misma piel, para ello había que desmontar, coser, volver a humedecer, a tensar, clavar y por último hacer la parte de agujeros que faltaban.
Pero ahí no terminaba la dispuesta lucha del cribero, sino que comenzaba, pues llegando la primavera con el carro totalmente cargado y al igual que otras familias criberas y trilleras, salían de sus casas a vender por los pueblos pasando fuera una larga temporada.
Y con palabras, palabras y más palabras... hacían el trato de la venta.
Palabras que todas unidas forman el hilo de la vida transformando cada vuelta en un cálido recuerdo...
Palabras que como pompas de jabón viajan ahora felices con el viento... en el tiempo...
Palabras que sencillamente quedaran grabadas en este escrito para que no queden en el olvido, convirtiendo... toda una vida... en una sola historia.

ANA ROSA ZAMARRO

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-cribero#comentarios
OFICIO DE RESINERO http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-resinero 2007-03-17T12:18:13+00:00 RESINERO
Felipe García.
Repasando los días de mi vida laboral que he concluido este año con mi jubilación, me doy cuenta de la coincidencia de que inicié ésta, con la misma edad que hoy tiene mi nieta, con el oficio de resinero. Heredado este de generación en generación en mi familia. Por aquel entonces se utilizaba el método “a vida” que consistía en abrir una sola cara en el pino intentando obtener una renta anual en resina, y por ello, a mis diez años estaba tan acostumbrado a ver como trabajaba mi padre, que no me fue difícil adquirir agilidad y habilidad con las herramientas propias de la actividad. Otro método que nosotros no utilizábamos, era “a muerte” que se fundaba en abrir a la vez todas las caras posibles en el mismo pino, con el fin de producir la mayor cantidad de resina en el menor tiempo, pero de esta forma moría y solo servia para madera.
En aquellos tiempos éramos propietarios en los términos de Cantalejo, Navalilla y Sebulcor de 35 pinares de Pinus Pinaster o Pino Resinero, árbol que puede alcanzar más de 25 mts. de altura, de corteza marrón rojiza muy gruesa y con piñas grandes, que junto con los que teníamos arrendados hacían un total de entre 3500 a 4000 pinos idóneos para coger la resina o miera, puesto que según las Normas del Sistema de Resinación, tenían que tener un diámetro mínimo de 35cm o más de 40 años de vida.
La temporada comenzaba a principios de marzo y de madrugada enganchábamos al burro la botilla de vino, la botija de agua, los serones o alforjas bien llenos de comida para pasar todo el día y junto con toda la herramienta salíamos caminando hasta llegar al pinar por el que empezaríamos “la mata” que se basaba en dar una vuelta completa a todos los pinares para volver al de inicio, recorriendo un promedio de 30 a 35 Km. diarios y tardando un total de 3 a 4 días.
A estos pinos se les preparaba primero con el desroñe que consistía en retirar con un hacha la corteza de una superficie en forma rectangular de 30 X 60 cm. a partir del nivel del suelo, después se hacia una hendidura en el tronco con la media luna para colocar la chapa, una pequeña placa fina de zinc o hierro galvanizado por donde resbala la miera para ir a caer al pote de barro, que era el recipiente de 600 a 800 cc que recogía la resina y que se colocaba con una punta o se dejaba a ras del suelo.
Una vez concluida la instalación por toda la mata, se iniciaba de nuevo el recorrido poniendo ahora sobre el pote una tabla o chapa para que no cayera nada en ellos, y de nuevo árbol por árbol, se realiza la primera pica o remondada con la azuela o escoda, que esta debía estar más afilada en las alas laterales que en la parte central, para facilitar la salida a las finas láminas de madera llamadas virutas o serojas, dando forma a la cara de resinación con una profundidad de 0,87 a 1,75 cm. con un ancho no superior a 12 cm. y abriendo canales en sentido vertical en forma de V. Las entalladuras o conjunto de picas debían hacerse muy perfectas y unidas entre sí consecutivamente, montando algunos milímetros sobre la anterior, para evitar que se formasen escaleras en el tronco debiendo de tener cuidado de no salirse de las guías y desviar la miera del pote.
La frecuencia de ir a remondar seria de 4 veces a cada árbol y al cabo de 15 a 20 días se podía coger la miera de toda la mata para lo cual necesitábamos, a toda la familia más tres personas que estaban a jornal. Para esos 3 o 4 días se llevaba el carro con 6 barricas de madera de 200kg, dejándolas en el pinar y llenándolas con las latas, siendo este un utensilio cuadrado y con un asa para facilitar su manejo, al cual se le iba echando la miera procedente de los potes retirándola de las paredes con la paleta. Las manos se nos ponían negras y pegajosas teniendo que recurrir a los polvos de sosa. Una vez terminábamos se traían las cubas y se dejaban a la entrada del pueblo donde tuviese mejor acceso el camión que más tarde transportaría las barricas a las factorías para hacer los derivados como barnices, jabones, perfumes, pomadas...
La campaña se cerraba por noviembre, con 5 entalladuras y un total de 50 picas o remondadas por árbol, produciendo entre 4 o 5 Kg. de miera y consiguiendo una altura de 40 a 50 cm por temporada, de forma que a los 5 años llegaban a medir de 2 a 2,5 m, que era el tiempo que tardaba en formarse una cara y algunos los mas gruesos llegaban a tener hasta 8 caras.
El calor del verano influía de manera notable en las veces que había que recoger la miera en la temporada, ya que el pino produce más resina que en primavera o que en otoño, siendo aproximadamente 9 las recogidas al año y en la última remesa se iba quitando con la raedera todo el barrasco o raedura que se formaba a consecuencia del tiempo, solidificándose y endureciéndose siendo así de peor calidad.
Llegado el invierno realizábamos tareas de limpieza en los pinares, recogíamos leña, cuidábamos y olivábamos los pimpollos y con el tronzador derribábamos aquellos que se secaban o eran quemados por los rayos de las tormentas, que en aquellos tiempos se formaban muy en a menudo y a las que yo personalmente tenia gran respeto, por no decir miedo, por el sonido tan aterrador que se producía entre los pinos.
Los pinares segovianos llegaron a ser los mayores productores de miera con un rendimiento casi dos veces superior a la media nacional llegando a obtener España unos 50 millones de Kg. en resina, hasta que el petróleo y otros productos que hay en el mercado han sustituido a la resina o miera, dejando de ser Segovia la mayor productora.
La extracción de la miera era una tarea solitaria y triste, estábamos muy poco con la familia y con los vecinos ya que se salía al amanecer y se volvía a la puesta de sol, aunque intentábamos los domingos venir un poco antes y hacer fiesta el día de la Ascensión, el Corpus, el 25 de julio Santiago de Compostela y el 15 de agosto Nuestra Señora de la Asunción. Tanto tiempo lo dedicábamos, que conocía los pinares al milímetro, por la forma de los pinos y del pinar sabia exactamente donde me encontraba, incluso cuando anochecía caminaba entre ellos sin miedo a perderme.
Hoy en día puede que me pierda... pero sigo llevando a mis nietos a pasear por los pinares para que disfruten del olor y sonido tan particular que tiene la naturaleza.
Hace tiempo leí: “ Solo podemos proteger aquello que amamos, y sólo podemos amar aquello que conocemos”.....La belleza de un monte o de un pinar debería ser suficiente para hacernos sentir el deseo de cuidarlo y conservarlo puesto que necesita más de cien años para llegar a ser un buen pino resinero.

ANA ROSA ZAMARRO

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-resinero#comentarios
OFICIO DE PASTOR http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-pastor 2007-03-17T12:14:03+00:00 Vida,
Curiosidades
y anécdotas de un pastor

Antonio Muñoz Fuentenebro.
“El oficio de pastor es muy bueno de contar, en llegando a una fuente beber agua y mojar pan”
Esto me decía cuando el pan se quedaba duro y no había forma de comerle, pues siendo niño y el mayor de nueve hermanos, busque en este duro oficio la forma de ganar un dinero y aportarlo en casa. Pasado el tiempo seguí en él, ya que formé mi propia familia con seis hijos, a los que tenia que dar sustento.
Recorría caminando el término de Cantalejo, prados, humedales, dunas, lagunas así como Navalayegua, Navalagrulla, el Bermejal, Navalsoto, la Muña, la Cerrada, entre otras muchas, siempre en compañía de mis ovejas y de mis fieles y listos perros, los que con solo escuchar mi voz, obedecían y seguían. A veces cuando pasaba por los pinares parecía acorralarme el canto de los pajaríllos y al oírles creía escuchar
“pastorcillo triste poco pan trajiste, es muy largo el día estira,estira…”
Y si, los días estiraban y pasaban…algunos con horribles y fuertes tormentas que me recordaban el sonido del avión y de la explosión de una bomba que tiraron cerca de nuestro lugar de pasto, levantando tal nube de polvo y humo que hizo que las ovejas se espantaran, teniendo que correr tras ellas para reunirlas de nuevo. Tan mal recuerdo me quedó, que cuando sonaba un trueno fuerte me decía “de esta no salgo”, pero si salía y para celebrarlo me hacía unas ricas sopas de leche y me las comía, ya que mis ovejas daban una sabrosa y exquisita leche, que mi mujer Delfina utilizaba para elaborar deliciosos quesos, que como bien decía “se los quitaban de las manos”. Antes de que estuviesen curados del todo, los tenía vendidos.
En esta aventura de ser pastor, los días de mucho calor, hacían que las ovejas se amurriaran formando un circulo y metiendo las cabezas unas bajo las otras, para protegerse del fuerte sol. Yo también intentaba meter la cabeza donde podía, incluso debajo de la cepa de un patatar.
Pero más duros eran los días fríos, puesto que caían fuertes nevadas y tenía que ir arropado a una manta y con gran cantidad de ropa, para poder así sacar a carear a las ovejas. En una ocasión esto me salvó la vida, ya que cruzando la carretera pasó un camión y no vi venir un coche, de pronto percibí un aire muy frío y sentí un golpe que me hizo pensar… “un coche me ha matado”, en segundos parecía flotar… como soñando…, pero enseguida sentí el cuerpo, no me había hecho nada, tambaleé al incorporarme y cuando mire a la carretera vi como a unos 50 metros, un coche que estaba contra unas vergueras con las ruedas hacia arriba. Me asuste más al verle, que lo que yo podía tener. De él salieron dos hombres a los que tampoco les paso nada.
Pero para anécdota la que me pasó en una laguna pequeña que estaba llena de varas secas de 2 metros de altas, las ovejas no podían beber agua, cavilando muy rápido, observando que si las encendía no se saldrían las llamas de ella, prendí una cerilla y estas comenzaron a arder. Yo daba vueltas para vigilar que no pasara nada, en esto, que empecé a escuchar ruido entre las varas, al acercarme salió de pronto un animal arrastrándose, largo, negro y mojado, que al verle creí que se me paraba el corazón, di tal salto hacia atrás que caí de culo creyendo que era un cocodrilo y me comería una pierna. Pero al percatarme de que se alejaba tan asustado como yo, me tranquilicé, pues era una pobre zorra de cola larga, chamuscada y mojada que corría para salvarse. Yo creo que hasta las ovejas se dieron cuenta y se echaron a reír, pues estos rumiantes como todos los animales tienen sentimientos de los que hay que estar pendientes, como también de sus enfermedades puesto que en muchas ocasiones hay que hacer de veterinario y saber como se les quita un resfriado. Estas sudan mucho y como remedio se les ponía un cordel de esparto, con siete nudos atado al cuello. También se les quitaban las cataratas de los ojos con azúcar y sal. Además teníamos que prevenir las infecciones e inflamaciones de las picaduras venenosas, con las que había que tener gran cuidado, limpiando y desinfectando con Zotal y agua todos lo días, ya que pueden morir, como ocurría cuando comían en abundancia trigo, centeno, hierba con rocío de la mañana… porque se comalecian, (se les podría el hígado), se escagazaban (tenían diarrea), se embargaban (empachaban) y se les hinchaba el vientre de tal manera que podían reventar.
Además de todo esto había que desparasitarlas, entablillarlas las patas rotas, curarlas las heridas de las pezuñas, ayudarlas en los partos, darles de vez en cuando sal gorda, vacunarlas…
Al mismo tiempo el año se podía decir que se dividía en dos etapas; la primera la paridera y después la del esquileo. Terminada esta, se celebraba una gran fiesta entre familiares y esquiladores. Todos teníamos que colaborar, pues menos a los corderos pequeños o lechazos, todas las ovejas pasaban por la afilada tijera.
La manera de saber la edad de la oveja era por su dentadura, ya que cambia dos dientes cada año hasta el quinto, y recibían estos nombres: cordera, borrega, borra, trasborra, y a partir de cinco oveja, considerándola ya vieja.
Y viejas se hicieron mis ovejas y viejo me he hecho yo, pero aun tengo muchas ganas de “bailar la jota” pues en toda mi vida de pastor, solo una vez caí enfermo con las fiebres maltas, y tuvo que ser Cesar mi hijo pequeño, con diez años el que se encargo de sacarlas a pastar. Las ovejas no reconocían su voz ni su forma de silbar, al igual que los perros, por ello, cuando les tiraba el canto, para que movieran de lugar al rebaño, no le hacían caso y él tenia que hacer de pastor… y de perro. Y tan cansado se encontró, que termino quedándose dormido en una cacera y al despertar se dio cuenta que estaba perdido.
A día de hoy, ningún hijo mío ha heredado este duro oficio, lo que me produce una gran nostalgia de todo lo que conlleva, especialmente de mis perros que a parte de ayudarme a conducir el ganado, también eran feroces guardianes tanto del rebaño como del amo y de la misma manera a mis ovejas, que las conocía una por una, como también a sus crías y al sonido de sus cencerros.
Aquellas personas a las que le guste recorrer los caminos y senderos de las antiguas cañadas de las viejas tierras segovianas, descubrirán los bonitos paisajes y a algún humilde y solitario pastor cuidando de su rebaño.


ANA ROSA ZAMARRO

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-pastor#comentarios
OFICIO DE BOTERO http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-botero 2007-03-17T12:11:08+00:00 -

Oficio de Botero

Tomás Llorente de Diego

OLOR A CUERO

Al hacer memoria de cómo y cuando comenzó su oficio de botero, recuerda… ver a su abuelo y su padre trabajar sin descanso en el taller de la casa. Él siendo niño les observaba día a día… y jugando con el tiempo y el destino pronto se vio sentado junto a ellos, elaborando “botas y pellejos” de cuero.

Estos envases, desde la antigüedad y en tiempos primitivos de la historia ya se utilizaban para el transporte de agua, vino y aceite. Siempre empleando cada uno de ellos para su fin, puesto que no se pueden alternar los líquidos, ya que en su interior, tanto el sabor, como la textura, se mezclan con el anterior.

La piel más apropiada para este trabajo es de cabra, por ser poco porosa e impermeable. La forma de adquirirla era saber quien iba a sacrificar a estos animales, para ello, había que visitar a ganaderos y mataderos, recorriendo, no solo las calles de Cantalejo, sino también las de otros pueblos de la provincia, desplazándose en bici o en moto.

Una vez obtenida la piel, debía ser sometida a una serie de operaciones y tratamientos para después proceder artesanalmente a su manipulación.

Se comenzaba con el proceso de “curtido”, para lo cual, sería necesario cubrirla de sal gorda y dejarla secar al sol 1 día o 2. Después se raspaba toda ella con una cuchilla descarnándola, eliminando toda aquella grasa que permanecía en la superficie interna. Seguidamente se daba una mano de aceite de oliva y se sobaba una y otra vez, hasta que lo absorbiera. Hecho esto, se la trataría con un ácido de extractos, manteniéndola con esta especie de crema de chocolate, unos 10 días aproximadamente.

Pasados estos, se lavaba, se tendía en un lugar seco y se recogería en “su punto de secado” momento en que la piel ha adquirido suavidad y es lo suficientemente compacta y consistente.

Finalizado este periodo se pasaba al “esquileo” rasurando el pelo todo lo posible, cuanto más corto mejor, solo se dejaba el preciso para sujetar “la pez”.

Ya esquilada se podía marcar por le lado que no tiene el pelo.

En la elaboración de la bota sería necesario poner sobre ella, una plantilla o patrón, del tamaño elegido previamente, equivalente a la cantidad de vino que posteriormente se echará a la bota. Estos, que estaban hechos de cartón, eran para dar forma y volumen a la futura bota, puesto que si no quedaría plana, existiendo distintas medidas que van, desde medio litro hasta los siete litros, siendo las botas más utilizadas por su manejo de entre dos a tres litros.

Una vez recortada la piel se procedía a “confeccionar la bota”, para lo cual se remojaba en agua, con la finalidad de que se ablandara y permaneciera flexible y manejable.

El laborioso trabajo de coser se realizaba sentado en un banco alargado, el cual tendría en uno de sus extremos, un torno en el que se oprimía la piel hasta estar bien sujeta.

Al comenzar, se utilizaba un punzón con el que se hacía un pequeño orificio por donde pasaría la aguja con forma de “C”. A la misma vez que se va cosiendo, para que no rasgue la piel, se ha de “embastar” (hilvanar los bordes) esto además ayudaría a sujetar la “pez”. El hilo que se utilizaba se elaboraba en el momento, entrelazando una fina hebra del hilo de bramante (cordel de cáñamo) con pelo de jabalí.

Poco a poco, puntada a puntada se terminaba rematando en una especie de cuello al que se le sujetaba una boquilla con rosca ancha, la cual tendría dos funciones; una, como orificio por el que se introduce el líquido y otra, como soporte al que se le enroscaba otra de menor tamaño que poseía un diminuto agujero por el que salía el “chorro” de liquido. El material del que estaban hechas estas boquillas era de madera o de asta de toro.

No se podía olvidar el coser una presilla en la parte inferior, ya que terminada la bota, se la atravesaría una fina tira de cuero, que anudada a la boquilla pequeña, facilitaba el transporte de la misma.

Estando cosida y rematada toda la costura de la piel se procedería a darla la vuelta, puesto que la cara con pelo que hasta ahora estaba en el exterior, debe pasar a la interior. Esta transformación se realizaba mediante el apoyo de la bota en una barra de hierro que realiza las funciones de soporte, una vez colocada ejerciendo presión, fuerza y destreza al mismo tiempo, se voltea, siempre con sumo cuidado a fin de evitar que rasgara el cuero.

Estando invertida, se decía que la piel estaba “a punto de pez” eso quería decir, que para el botero el trabajo duro había finalizado.

Pero el proceso de elaboración de la bota aun no, quedaba “empegar” y para ello había que preparar artesanalmente una sustancia llamada “pez” que consistía en cocinar los siguientes ingredientes: cebolla, ajo, limón, aceite, vinagre y raidura (restos de resina que queda en la parte inferior del pino cuando es resinado). Necesitando además, todo el cariño con el que se elaboraba una sabrosa comida, dejándola hervir durante 1 día o 2 en una caldera de cobre, a una temperatura constante. La mezcla lentamente se iba convirtiendo en un viscoso color negro.

Pasado el tiempo la pasta resultante se retiraría del fuego y estando aun caliente se pasaría a “empegar” introduciendo, con la ayuda de un embudo, una pequeña dosis por el orificio de la boquilla, al interior de la bota. A continuación se comprimía para distribuirla bien por toda la superficie, quedando impregnada de 3 a 4 milímetros de grosor. La experiencia de muchos años hacía que la cantidad y la repartición fueran homogéneas por toda ella.

Inmediatamente se utilizaría la fuerza de un buen fuelle para despegar las paredes de la bota, a la vez que estiraba el cuero todo lo posible.

Para finalizar se pondría la boquilla, la tira de cuero y se marcaría con el sello de la casa y las iniciales del comprador.

Ya acabada se “curaba” introduciéndole vino, coñac o vinagre, con el fin de que “la pez” pierda sabor y quede lista para envasar el líquido deseado.

Bien… ahora beberemos un trago a “cañete” de la bota, y seguiremos con el pellejo.

Este, no llevaba costuras, la piel era quitada del animal de una sola pieza, y de ahí la forma que tiene. Las patas eran atadas fuertemente y el nudo quedaba oculto al voltear la piel.

En su interior cabían entre los 50 a 80 litros. Al tener capacidad para tanto volumen de liquido, eran muy demandados por los taberneros de aquellos tiempos ya que se abastecían transportando en carros, grandes cantidades de vino. Estos pellejos eran expuestos detrás de la barra del bar, sobre una tabla. En vez de boquilla tenían un pequeño caño que cumplía la tarea de grifo. Si se vaciaba un pellejo se reponía con otro y cuando las provisiones disminuían, se regresaba a La Ribera a por más. No obstante siempre se reservaba alguno, ya que “el vino dentro del pellejo mejora con el tiempo”.

Tomas, además de fabricar y reparar botas y pellejos tenía que salir a vender por los pueblos y ciudades. Del mismo modo, alquilaba alrededor de unos 30 pellejos a pueblos vinícolas como Torreadrada, Aranda de Duero, Torregalindo, Valtiendas, entre otros, en los cuales había “particulares” que elaboraban vino y se valían de los pellejos para envasarlo y después transportarlo a los Lagares.

Pero esta forma de vida, como la vida del botero va desapareciendo…y con ella toda una tradición hecha de generación en generación… toda una aventura… toda una profesión… todo un trabajo artesano… todo un oficio… todo ello unido… va viajando lentamente en la historia… hacia el olvido.

NOTA - Si tienes bota y/o pellejo y quieres mantenerlos como nuevos, frótalos con sebo de cordero o con cáscara de plátano, llénalos hasta la mitad con líquido e ínflalos con aire.

Ana Rosa Zamarro.

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-botero#comentarios
OFICIO DE ARTESANO http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-artesano 2007-03-17T12:07:15+00:00 -

EL ARTESANO

José de Diego Miguel

Un tiempo en el pasado y un momento no olvidado es un recuerdo y mientras exista ese recuerdo, existe la posibilidad de rescatar una historia, una historia como esta:

En un tiempo no muy lejano… José recorría pueblos de España vendiendo trillos, cribas y harneros que artesanalmente había realizado junto a su padre y hermanos. Un trabajo que él describe como “duro” por pasar largas temporadas fuera de casa. Pero esta profesión no tardó en desaparecer, ya que en la década de los 70 entra en crisis la fabricación del trillo y en poco tiempo desaparece como herramienta de trabajo. A la misma vez, las carreteras y los caminos comienzan a ser un problema para carros y animales de tiro por la aparición de vehículos. Los avances en maquinaria agrícola y automovilística originan un cambio en la historia de Cantalejo obligando a muchas familias emprender un nuevo oficio.

Fue entonces cuando José sintió nostalgia y melancolía al pensar que todo aquello con lo que había convivido iba a desaparecer, sabia que poco a poco pasarían al olvido, finalmente buscó la manera de mantenerlo en el recuerdo, por lo que decidió declararse oficialmente Artesano, de esta manera, podría recrear una a una en miniatura, todas aquellas herramientas como trillos, cribas, harneros, palas, carretillas, carros, hoces, apeos de labranza, etc… reflejo de lo que fueron oficios llenos de vida.

Desde aquel momento José comienza a elaborar en un pequeño taller “adornos del pasado” pequeñas obras de arte con las que pronto preparó una exposición para que todos pudieran observar la variedad de su labor.

Entre las primeras visitas que obtuvo se puede destacar la del Gerente en la “Empresa Nacional de Artesanía de Madrid” el cual, le dio la oportunidad de trabajar varios meses en una tienda situada en Gran Vía, una de las calles más emblemáticas de la ciudad, cubriendo la empresa todos los gastos. En ella, elaboraba su artesanía haciendo demostraciones al público, de esta forma, se dio a conocer y pudo abrirse mercado en tiendas de Segovia, Valladolid, Aranda de Duero, etc. organizando además exposiciones en otras ciudades de España y parte de Francia como en Tour y Burdeos.

Y así, día tras día y hora tras hora, la vida transcurría disfrutando de su trabajo…hasta el día de hoy… donde aun podemos verle en su acogedor taller, sentado en un pequeño taburete de madera, tallando y esculpiendo delicadamente cada una de las piezas que terminadas serán únicas y exclusivas. Entre el olor a madera, escucha el sonido de la radio, su música y las tertulias son sus fieles acompañantes, además de una pequeña estufa de leña que le ofrece calor en los momentos fríos. En una de sus paredes tiene un muestrario que es digno de observar, en él cuelga de forma consecutiva y ordenada la diminuta herramienta que necesita para trabajar. A su lado se encuentra una bonita variedad en forma y tamaño de puntas y clavos.

Y si es interesante ver el taller, más lo es aun la sala donde tiene la exposición, puesto que en ella no cabe ni un objeto más. Parece todo un museo en el que lentamente te desplazas para no perder detalle de todo lo que hay, contemplando además, inconfundibles “representaciones de oficios”donde se pueden apreciar como eran, en su época, los talleres de trillos con su trillero fabricando un trillo, se puede admirar también al alfarero haciendo jarrones de barro, al molinero moliendo harina, al herrero poniendo una herradura, lavanderas en el lavadero e incluso la vendimia. Maquetas a las que no les falta ni un detalle, puesto que todas ellas tienen iluminación y van provistas de motorcillos que hacen que se muevan los objetos.

Estando allí, uno contempla todo sin pestañear… se funde en la nostalgia... entra en el mundo de la añoranza… en un ligero sueño…siente la distancia intentando recordar que aquellos oficios, siendo niño, los llegó a conocer cuando aun estaban activos y una familia dependía de ellos... lo que hace inevitable expresar un sentimiento de admiración.

Y José se sentirá satisfecho, ya que le ha llevado mucho tiempo y trabajo el organizar todo, aunque siempre ha intentado dejar un espacio libre para dedicarse a la “Historia” porque le fascina. Entre otras cosas, ha recopilado hechos de su vida, hechos importantes de la historia de Cantalejo y ha elaborado y encuadernado un libro.

Pero esto no es todo, porque ha seguido haciendo exposiciones en ferias de artesanía, ha dado charlas sobre la vida del trillero y la del artesano. Ha concedido entrevistas a programas de radio, televisión, revistas de artesanías, periódicos como el Adelantado y el Norte de Castilla.

También participa en la confección del Belén de la Iglesia, en actividades y acontecimientos como el Carnaval, procesiones de Semana Santa, etc. Por todo ello ha recibido cartas de agradecimiento, varios diplomas, y diversos premios con sus correspondientes dedicatorias.

El tren de su vida lleva muchos vagones y un recuerdo viaja en cada vagón… su niñez, la guerra, el colegio, la adolescencia, la mili, el trabajo, su boda, el nacimiento de sus hijas y después el de sus nietos.

Un tiempo no muy lejano ha pasado, tiempo que todos hemos pasado “Tiempo” al que todos juzgamos, medimos, calculamos, apuramos, esperamos… pero al ritmo que lo vivimos es difícil apreciarlo, valorarlo o respetarlo…

José ahora vive disfrutando de “su tiempo” se siente orgulloso de su trabajo, de ser cristiano y devoto de la Virgen del Pinar. Siempre que tiene ocasión busca un momento para pasear en bici por las calles de Cantalejo. En este mes de agosto cumplirá 85 años, por ello le dedico este articulo y le deseo que .....cuuumpla ♫ ♪ .....muuuchos ♪ másss. ♫♫♪♪ ....

Ana Rosa Zamarro

]]>
http://cantalejo_anarosa.lacoctelera.net/post/2007/03/17/oficio-artesano#comentarios